miércoles, agosto 06, 2003

Camino al Final

En su rostro se observa una mezcla entre ira y decepción, una mirada de súplica –una súplica a la vida, al tiempo- que no esta dirigida al ser humano en frente de él, aunque el contacto visual no se ha roto en ningún momento. Sin decir una palabra, nada más que un intento por decir algo que cambie lo que ha ocurrido, se levanta rápidamente –en un instante eterno- de la mesa del Café en el cual su vida se ha partido en dos.

Cuando el humano regresa a casa, su manera de percibir el mundo ha cambiado. Si su rostro fuera familiar para alguien que lo estuviera observando, no notaría más que ligeros cambios en su expresión, sus cejas en mínima fruición, sus labios más apretados que lo normal. Sin embargo, cualquier transformación externa que se vea en él sólo revelará una parte insignificante del cambio que las circunstancias del día han propiciado.

Su mente esta atestada de pensamientos oscuros, macabros, de atentados contra su vida, de mil almas en pena dentro de su propia alma atormentada, cada una mostrando facetas de su propia personalidad ya casi destrozada.

Precisamente cuando el humano trata de responder a su necesidad de dormir, es acosado por las peores maquinaciones, cuando detrás de un saludo fraternal se esconde el odio, o cuando el poco cariño que rodea su vida se vuelve amenazante, en contra de él. Es este el momento más terrible de este día, porque en este estado de semiinconsciencia y vulnerabilidad su espíritu y su voluntad son destrozados; ya su mente ha cedido a la oscuridad que reprime y guarda cotidianamente en el rincón más lejano de su mente.

Cuando el hoy se transforma en el ayer, el humano finalmente concilia el sueño, derrotado por el cansancio, a pesar de que en ningún momento su mente ha dejado de crear.

Durante cierto tiempo, es imposible saber lo que pasa al interior del sueño del humano, hasta que es despertado por el palpar de mil manos en su rostro. Al contrario de lo que se espera, el humano no se aterra de esta situación, sino que adopta una expresión de desolación, y luego de mesarse los cabellos, una expresión de resignación. Las manos se retiran, pero no desaparecen, ya que la fuerza de voluntad del humano esta muy mellada.

Saliendo un poco del estado de somnolencia, siente que ha mojado su cama, y cuando se mira, observa que en vez de la orina maloliente hay un manchón de sangre espesa alrededor de su entrepierna. Curiosamente, a su mente acuden imágenes de una infancia simple, en un tiempo menos tormentoso. Aferrándose a ese recuerdo como a una tabla de salvación, pierde el control de su cuerpo y cae de nuevo en la cama, donde las manos –no las de él- llegan a su cuello y lo tratan de sofocar. Durante un instante, su instinto toma las riendas de su ser, y el humano se despierta bañado en sudor. La sangre y las manos han desaparecido.

Muy racionalmente, acude a la esperanza y al sentido común, y adquiere un mantra, con visos de cliché –solo fue un sueño-. Pero cuando se levanta a tomar un vaso de agua, halla que no puede salir de su habitación, ya que el armario se ha apoderado del perímetro demarcado por la pared. Tensionando sus músculos, contempla estupefacto el armario abriéndose, y a su ropa haciendo un circulo alrededor de el, encerrándolo inexorablemente. Su estupefacción se transforma en terror –todavía no se ha acostumbrado- cuando la ropa se abrasa, el humo comienza a ahogarlo, y el humano se recoge en el piso para huir del fuego. De repente, en una explosión de llamas su ropa es reducida a cenizas, justo cuando las llamas comenzaban a herir su carne. A pesar de la tos convulsiva el humano se sume en un trance inducido por el humo.

Recogido en el suelo vuelve a soñar, y en medio de un lugar desconocido, reconoce sus posesiones flotando alrededor suyo. Cuando intenta tomar las llaves de su casa, los objetos a su alrededor se abalanzan sobre el, hiriendo y magullando su cuerpo onírico. Luego, estremecido por un frío de muerte, encuentra que a pesar de su dolor, sigue dirigiendo sus manos hacia sus cosas, tal vez esperando que al reconocer su toque lo ayuden en su miseria. Pero en las cosas materiales no está su salvación, y cuando intenta tomar un crucifijo, éste hiere sus manos, y el humano comienza a desangrarse con la cruz entre sus manos. Y cuando intenta llamar a su creador, halla que este privilegio le ha sido negado, y todo lo que sale de su boca es un gemido espectral, que parece ser “…odio…” pero también podría ser “…no…”.

Se despierta una vez más, violentamente; con el impulso del despertar, lanza el crucifijo –que aún se encuentra entre sus manos-, lo más lejos que su adolorido cuerpo le permite. Pero el crucifijo se detiene lentamente en el aire, y el humano dirige su mirada al reloj: el segundero se mueve muy lentamente hasta detenerse por completo. Al reconocer que el tiempo se ha detenido, la expresión de desesperación que ha estado presente en su rostro todo este tiempo se deforma hasta tornarse en una de terror absoluto. El Terror a No Trascender en el Tiempo. Suelta el reloj, y aun sofocado por el humo en su habitación, el humano se desnuda rápidamente, y halla que su miembro ha desaparecido. Sin saber qué hacer, comienza a dar vueltas por la habitación, mientras su estado mental se deteriora visiblemente. En agonía, cae de rodillas y una única lagrima rueda por su rostro, mientras su mano dirige lentamente el cuchillo hacia su corazón. Mientras libera un último suspiro, a su mente llegan imágenes que son una burla cruel: imágenes de un futuro exitoso, del amor encontrado, de su realización como persona. Con una mueca de felicidad, el humano muere.

Cuando sale el sol por la mañana, vemos al humano en su cama, en posición fetal, en un charco de sangre. Apenas se movió en su lecho de muerte durante la noche, no más de lo que sus reflejos causaron. Lo que comenzó como un sueño terminó mezclándose con la realidad de su vida, terminando con su sufrimiento pero haciéndole saber al humano que los cosas eran mas sencillas de lo que imaginaba.

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