Postapocaliptico. Dos.
Despues de muchas generaciones de primos y vidas efimeras, La Casa tiene ya un alma propia, una respiracion por los poros que son los huecos en las paredes de cal y los cristales rotos de las ventanas que escapan a los dedos ladrillosos del tiempo. Yo soy consciente de ello, yo soy parte de ese ciclo y sistema en constante cambio y de sempiterna vida: lo veo con claridad hoy cuando las suaves corrientes de viento jugueteando entre mis sandalias hacen que la crueldad odiosa de la rafaga que hasta hace poco me ha abandonado parezca uno mas de los fantasmas y terrores de la infancia.En La Casa vivo yo, viven los parientes sin rostro, vive mi padre joven jugando canicas mientras lo miro desde el segundo piso que es un balcon y un laberinto de habitaciones que nunca encontraron un proposito, vive el guayabo sembrado en la mitad del patio veinte anhos despues, y por una noche para la cual no hubo amanecer vivio ella. Y ella. Y ella.
Yo ya habia abandonado la ruana y la barba blanca cuando senti su mirada perdida por sobre la baranda, confundida de emociones pero dispuesta a enfrentarme y convertirse en el sacrificio inutil de Abel. Y entonces, a pesar del viento crudo y desde el otro lado de la copa de merlot llegan ellos, un el y ella construido a partir de un encuentro fortuito en una habitacion demasiado estrecha para tres personas y el psicopata.

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