viernes, agosto 05, 2005

El otro sueño

Abro los ojos. Estoy en... un lugar en el norte de Bogotá, cerca de la 93 con 15. Estoy frente a una casa que dice Embajada. Me acerco y veo frente a una camioneta a una mujer de silueta feérica. Mientras miro su silueta y su cabello, ella se da la vuelta y me mira con unos ojos como una puesta de sol sobre el océano, con su color insondable, su antigüedad, su inmensidad y su profundidad. Tiene un rostro hermosísimo, como nunca lo había visto antes, y sin embargo no me siento intimidado por su belleza. Ella no es muy alta, y tiene cerca de 24 años. No viste llamativamente, ni tiene adornos inútiles. Intento desviar la mirada mientras camino pasando al lado de ella, y de pronto veo a la misma mujer, pero detrás de la camioneta. Ella no puede ser de este mundo. Misteriosamente la mujer sigue mi conversación por un buen tiempo. Flirteo sin recordar su nombre y me hacen pasar al interior de la casa. Adentro hay una piscina, y nás adentro hay una fiesta. Me invita a entrar con ella en la piscina. Y para pasar desapercibidos (su padre es de mal genio), comenzamos a danzar entre los invitados, acercándome a ella y alejándome del centro de la piscina, mirándonos desde lejos para encontrarnos de nuevo. Con cada encuentro la intimidad crece, a pesar de los numerosos invitados que están en la fiesta. Con la intimidad viene el contacto y los besos y las caricias, y la respiración agitada dentro de la piscina. Pero ahora no somos tres, sólo somos dos y estamos solos dentro de la piscina. Cuando la tengo a Ella entre mis brazos, con su boca a milímetros de mi oído, con su cuerpo envolviendo el mío como un enredo de cables y sentimiento, de primeras impresiones y de golpe de luna, el Embajador se las arregla para llevársela fuera de mi alcance. Y mientras se dirigen al carro blindado, comenzamos otra danza para obtener palabras, pero sin estar conscientes que si no usamos nuestra propia memoria (en vez de la telefónica) no nos volveremos a ver. Alguien, quizás un guardaespaldas, impide que me acerque mucho a Ella.

Ahora estoy en mi vieja casa de Leiden. A pesar de que no viviré ahí hasta dentro de 2 años puedo entrar, descubriendo que adentro hay una animada reunión (¿vale la pena repetir la palabra fiesta?), en la cual están mis amigos de la Universidad. Recorro la casa, y con cada olor, con cada puerta que me deja entrar en un cuarto olvidado, con cada cama con la colcha arrugada, me invaden recuerdos de una época diferente (no mejor ni peor) que es digna de ser recordada. Bajo las escaleras para salir, pero en el baño la encuentro a ella. Pero no sólo es un baño. Es también una caseta telefónica, con directorios y una ventanita que da hacia afuera. Cruzamos un par de frases insignificantes y nos besamos como si hubiésemos esperado toda la vida para hacerlo. Ese beso es totalmente voluntario, sin arrepentimientos ni ataduras, y es agradable y hermoso. Pero, ¿está sola? Cuando ese pensamiento llega en el clímax del beso, me doy cuenta que ese beso es natural a pesar de todo. Pero se aparta de mí y ya es demasiado tarde. No sabía que Ella nos estaba observando desde la ventana. Y en este momento, cuando mi corazón debe llamarla con todas sus fuerzas, ya no recuerdo su nombre. Todo lo que puedo decirle es lo que el protocolo dicta para estos casos: “No es lo que parece. Vuelve. No te vayas. Hablemos”. Pero ya todos nos sabemos el protocolo, por lo cual Ella no me quiere escuchar. Y sin embargo tengo su apellido localizado en el directorio, bajo la letra D, en la primera página, y dice que el nombre de la dueña del teléfono es alguien con apellido que comienza por A, y de nombre desconocido. Y la llamo por última vez “¡No te vayas, Maldición!” pero en ese momento recuerdo que Ella no se llama como recordaba a medias. Pero tal vez su madre sí se llame así. No lo sé.

Ahora, después de perder tiempo buscando en el directorio, decido seguirla, con poco éxito. O y C deciden acompañarme a buscarla por los alrededores de la Calle 90 con 10. La sigo de lejos, pero en una esquina la pierdo. No sé por qué, pero no nos entendemos con O, y lo que parece como la solución más obvia (cada uno busca por una calle), no se lleva a cabo, y perdemos tiempo precioso discutiendo tonterías. ¿Por qué no nos podemos dividir? Me canso de hablar, y mejor decido tomar un taxi hacia la Embajada. Quedo solo. En la Embajada no obtengo mucha información, simplemente una foto borrosa (sólo puedo ver sus rasgos), y una tarjeta con un dibujo tribal que por alguna razón me recuerda a Ella. Y me desespero, pues me doy cuenta que la amo, aun cuando sé que en la vida nunca había amado hasta ese día que la encontré al lado de una camioneta con placas verdes. No soporto estar sin verla. Saliendo de la Embajada me dirijo hacia un parque urbano, que tengo que atravesar cruzando un puente. Lo subo, y desde arriba veo entre brumas, el otro lado del puente y en él está caminado Ella con ese paso quedo que tantas veces he imaginado. Se aleja. Definitivamente la sigo.

En principio el puente es como cualquier otro puente de concreto, por lo que es fácil de pasar y parece que me deja cerca del otro lado. Pero al llegar a la mitad veo que está derruido, parcialmente consumido por una espesa selva de lianas y ramas duras como tallos de árboles de manglar, y que forman un enredo que llega hasta el cielo. Decido cruzar el puente, pues mi determinación de verla no puede desaparecer cuando aparecen los obstáculos. Me agarro de las ramas con una fuerza sobrenatural, que rápidamente me lleva por entre el denso bosque. Es el recuerdo de Ella. Y mientras cruzo, suena un murmullo como de tambores y árboles huecos, y de un coro de voces que armoniza con el ritmo pero que entona un mensaje repetitivo pero no disonante. Repite la frase Dulces Palabras.

Orgullosamente logro llegar a la cima del gigantesco y amazónico seto. He aquí el otro lado del puente, limpiamente pavimentado. Salgo del puente y veo un camino que va hacia un árbol gigantesco y retorcido, frondoso y lleno de vida; antiguo como la vida misma. A la derecha del camino hay una planicie con pasto y arbustos ocasionales, que más parece un parque artificial que un paisaje moldeado durante miles de años por los elementos. A la izquierda hay un lago verdoso, pero no maloliente. El otro lado se pierde en el aire, pero aun sin probar el agua se que no es el océano. Es sólo un lago, y por eso es mucho más amable y terrenal. Camino hacia el árbol (que todavía está lejos), con el orgullo latiendo dentro de mi pecho. Y en ese momento miro hacia atrás y veo otras personas saliendo de la espesura, tal como yo lo había hecho hace sólo unos momentos. Y ahora, ¿qué orgullo me queda? Sigo caminando hacia el frente, y veo a GGG sentado en una silla de parque, y algo más lejos a O sobre un caballo negro. Viste de armadura, y tiene toda la presencia de un caballero medieval. ¿Cuánto tiempo pasó? “Ha regresado de entre los muertos” me dice O. Ahora sí que me siento triunfante, a pesar de los años que han pasado. O se me queda mirando, y con una mano cerrada sobre el pecho, dice el juramento de caballeros. Yo también lo conozco, y lo repito con él, pero lo único que recuerdo ahora es la última parte: “Hermanos en vida y muerte”, pronunciado durante un abrazo fraternal con manos cerradas sobre el pecho, a la manera de los caballeros.

Reanudo mi búsqueda con G y O (sin el atuendo). Recorro todas las casetas de teléfonos que se me cruzan, buscando el apellido en la primera página junto al apellido D (al menos ahí debería hallar el teléfono), pero no lo puedo encontrar en ningún lado, a pesar de la pista. Es que confundo la primera sección del directorio con la segunda, y gracias a la desesperación no me doy cuenta de ese error tan estúpido. Esto hace que mi búsqueda sea inútil. Después de agotarnos en las casetas, llegamos a lo que parece ser la Carrera 13 con 92, pero al caminar un poco más veo que en realidad estamos en la Carrera 13 con 63. Mi destino no es la Calle 93 con la 13, pero sí es cerca de allí. Voy a una librería.

Tomamos un taxi, que nos deja cerca de mi destino final. Caminando hacia allá, me fijo en uno de los vendedores ambulantes de libros. Éste está vendiendo un libro de Kundera sobre política (que es negro), y viene con un compendio de cuentos (de regalo). No me importa el nombre de los libros. Finalmente entramos a la librería. Por alguna razón que ahora desconozco, saben de mi búsqueda y al preguntar de nuevo por Ella me llevan a un Armario enorme de madera con puertas de madera y cristal, lleno de adornos, libros y chucherías. El vendedor toma una tarjeta y me la muestra. Es la tarjeta (tribal, abstracta, parda) que me habían mostrado en la Embajada. A pesar del tiempo que ha pasado, esa tarjeta hace que mi corazón se inflame con la llama de la esperanza, y me hace recordar ese sentimiento tan grande que vino a mí hace mucho tiempo al lado de una camioneta con placas verdes en frente de una casa con piscina (que de casualidad es refugio para extranjeros) y que llamaré Amor. Pero ahora, ¿qué más puedo hacer? Mis amigos deciden comprar unos libros que están dentro del Armario, y yo por mi parte decido sustraer un collar de piezas de madera. Creo que el vendedor detrás del mostrador se da cuenta, y para evitarme problemas intento comprar el collar. El vendedor dice que el collar y los libros valen doscientos mil pesos. Es que son para la gente que tiene sus propias búsquedas, y que aun no han llegado hasta la librería.

Estoy en un playa que se parece más a Bahía Solano que a Cartagena, y pienso que Nunca he creído en el amor a primera vista, pero sí en la esperanza de un idiota.

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