lunes, mayo 08, 2006

Postapocaliptico. Tres.

A el lo habia conocido por la tarde.

Caminaba sosteniendola tenuemente con mi mano derecha al lado de un canal holandes, con su agua inodora y sus casitas altas y apretujadas. Al son de esta misma tonada de Mingus la soltaba de la mano mientras atendia un saludo rubio desde una ventana rosada al otro lado del canal. A este lado podia sentir con mis tripas el rumor de los transeuntes, rumor cargado de miedos y promesas fallidas de muchos esfinteres.

La ciudad va a explotar, sin duda. La inminencia y el morbo pesado y dulzon de la muerte pueden mas que el simple acto de probar la carne putrida mientras me rio, puede mas que mis dedos deseosos de carne. Asi es que decidi dejarla en su camino hacia La Casa, mientras la promesa la mantenia justo sobre el canal, sin posibilidad de errar el camino: ella no seria mi pobre Caperucita pero yo ya era el Cazador tras el Lobo Hambriento.

Bajo esa oscura atmosfera y una cancion haitiana llegue a la calle que rodeaba El Proyecto, un complejo de edificios cuyas vigas enredadas impedian el paso a las almas nobles y dejaban escaso espacio para que saliera el humo de cigarrillos a medio apagar sobre ceniceros improvisados. Mientras contemplaba la misera granitica a traves de mi propio rencor sordo y paraplejico, un ruido de pasos cortos me hizo volver la mirada. Ahi abajo estaba un ninho. Uno comun y corriente, uno que hablaba de todo y de nada, uno que podria estar en un comercial de chocolates o albergando un trocito de plomo en alguna selva olvidada de la mano de Dios -pero no de sus hijos, los que aprendieron a nadar en el Diluvio, supervivientes de las circunstancias que nunca aprendieron a perdonar.

El pequenho hablo por horas y se su boca salian palabras vacias y emocionantes, habia perdido un balon de futbol azul y tuvo que mentir: su rigida moral yacia en pedazos llorosos ante mi. Se alejo en la tibia oscuridad para volver a su miseria solitaria y a una golpiza segura. Parpadeando, repare en una figura anormalmente infantil acurrucada sobre la reja que separa el Cielo de las ratas.

Tambien era un ninho, pero yo veia que habia sido concebido con odio y criado con gachas de avena frias: de sus ojos se podia leer claramente un futuro alterado sin frio ni hambre, cuestion de cuatro anhos mientras descansaba de una cruel y triste existencia encendida solo para este momento, para levantarse penosamente y sin murmurar una palabra llevarme de una esquina de la manga derecha de mi abrigo al hogar del asesino.

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